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jueves, abril 16, 2015

Entre todos los dejamos y ellos solos se murieron

Es por la mañana y a escasos metros de mí hay dos operarios del ayuntamiento trabajando a golpe de motosierra, realizando una tarea que no es la tarea que tendrían que realizar.

Hace algunos meses, alguien dictaminó que los árboles situados al lado del edificio donde trabajo presentaban riesgo y que podía caer alguna rama. Ese mismo alguien, supongo, hizo colocar una cinta roja y blanca delimitando el perímetro de la zona de riesgo, esto es todo el lateral sur del edificio. Los que trabajamos en él vimos una pequeña molestia en esto porque venía a cortar una de las dos vías de acceso al mismo, pero imaginamos que esa molestia sería temporal y que pronto vendría alguien a eliminar las ramas peligrosas.

Una semana después no había aparecido nadie con intención de sanear los árboles. Quince días después hubo quienes nos empezamos a saltar la cinta. Al mes todo el personal lo hacía. Y así llevábamos varios meses.

Al final ha aparecido alguien, pero no para sanear los árboles sino para derribarlos. Y eso es exactamente lo que están haciendo los operarios a golpe de motosierra.

Las pequeñas injusticias son las peores porque van ennegreciendo el alma poco a poco, en silencio, bajo cuerda. Son las pequeñas injusticias, las de andar por casa las que crean cínicos y desencantan a quienes tenemos un particular (e irreal) sentido de la justicia. Porque son multitud, porque las vemos todos los días y las integramos, porque sabemos que siempre ha sido así.

El derribo de esos álamos blancos no es comparable a un golpe de estado, a una masacre de estudiantes, a un atentado terrorista. Pero está mal. Y no porque el derribo de árboles sea malo, pues hay ocasiones en que es necesario, sino porque se está haciendo por los motivos erróneos, esto es la desidia, la corrupción y la incompetencia de alguien situado en una esfera superior al que escribe estas impotentes lineas.

Esos álamos podrían haberse salvado si, como colectivo, nos hubiéramos preocupado de ellos.
A ver cuánto tiempo pasa antes de que alguien venga a llevarse los cadáveres.

viernes, abril 10, 2015

Atente a tu tonta tarea y programación


El segundo del tema del vídeo enlazado arriba me hace bastante gracia, como casi todo lo que hace Mamá Ladilla: Atente a tu tonta tarea.

La primera vez que oí algo parecido fue hace bastantes años, cuando era pequeño y vi Tron (la original) por primera vez. En el último tercio de la película tiene lugar el siguiente diálogo:

Flynn: "Bueno chicos ya sabéis, seguid haciendo lo que se supone que tenéis que hacer aunque parezca una locura."
Tron: "Sí. Eso es lo que pasa con los programas."
Flynn: "Siento decepcionarte pero la mayoría de las veces eso mismo pasa con los Programadores."
Tron: "Extraño e increíble."

El diálogo tiene enjundia: podríamos atacarlo desde el punto de vista del libre albedrío, por el prisma de la exención de responsabilidad ante una autoridad superior, por la tésis de que lo creado siempre tiene elementos de quien lo crea... Pero hoy me apetece ser un poco más prosaico y hablar un poco sobre programación.

Hace bastantes años, en los albores de la informática, mi padre me dijo que los ordenadores era tontos. Aquella concepción se refleja bien en otro magnífico diálogo de la misma película:

Alan: "Algunos ordenadores pensarán pronto."
Walter: "Ja, sí, será estupendo: las computadoras empezarán a pensar y las personas dejarán de hacerlo."

Aunque esta visión acerca de la capacidad de los ordenadores está bastante desfasada sí sirve para ilustrar la realidad de los programadores, ahora más que nunca, pues los lenguajes de alto nivel han convertido el programar en una serie de procesos automáticos e invisibles para el programador. Y tanto el auge de dichos lenguajes como el aumento en la complejidad en las plataformas de desarrollo han venido a dar con la siguiente (e incómoda) realidad: no tenemos ni idea de lo que hace nuestro programa a un nivel básico. Yo trabajo con Visual Studio 2010 y desarrollo en C# .NET. Es una plataforma potente y que permite que hasta un inútil como yo haga algo como una aplicación web funcional y publicable. El control de código predictivo funciona tan bien que ni es necesario prestar atención a la sintaxis, y las alarmas de error saltan a la mínima. Las plantillas son tan complejas que prácticamente no merece la pena empezar de cero y se opta por adaptar una de las existentes. El interfaz gráfico funciona tan bien que ya no merece la pena meterse a editar el html directamente (aunque yo, orgulloso de mi pasado a golpe de notepad, no use dicho interfaz).Y así un sinfín de ayudas suplementarias que buscan hacerle la vida más fácil al programador.

¿El resultado de todo esto? Una cosa buena y otra mala: la buena son aplicaciones fáciles de crear; la mala son programadores perezosos, es decir, malos programadores.

En otra ocasión comentaré mis pensamientos acerca de la automatización y de sus ventajas e inconvenientes, pero considero conveniente exponer aquí un aviso que afecta a todos los que trabajamos con máquinas: cuanto más inteligente es la máquina más capacidad tiene para automatizar procesos cognitivos que en épocas pasadas recaían sobre los hombros del operador de dicha máquina, y de esa manera la misma se arroga cada vez más atribuciones al tiempo que el operador tiene cada vez menos. En este cuadro es obvio que lo deseable sería que el operador, al verse descargado de tareas tediosas utilizase ese tiempo y esa energía ganados para ejecutar procesos superiores. Pero la realidad suele ser la contraria, a saber, que el operador hace cada vez menos y pasa paulatinamente a ser un controlador, alguien que vigila mientras la máquina ejecuta sus procesos.

Yo, al escoger una plantilla prefijada de proyecto en Visual Studio, pongo en marcha una serie de procesos automáticos que crean el proyecto, los componentes esenciales, las plantillas css, una página de inicio, un fichero de configuración, y un largo etcétera. Con un sólo clic ya tengo hecho algo que de normal llevaría mucho más tiempo desarrollar. Esto, que a priori es algo bueno, tiene el efecto colateral de que a mí, como programador, ya no me hace falta saber cómo se crea un proyecto a mano. Cedo mi control al programa en una tarea cognitiva compleja, y de paso me ahorro pensar y tomar decisiones que afectarán a un nivel básico al devenir del proyecto, por ejemplo algo tan prosaico como la nomenclatura de nombres de archivo. Es decir, a menos que yo luche activamente contra ello y me ponga a hacer tareas manualmente, el programa me hará peor profesional.

Huelga decir que la celeridad es la mayor ventaja de ceder el control a las máquinas, y en un gremio donde (en general) los plazos de entrega siempre son cortos, esta cesión de control se ve como un mal menor al compararlo con las (aparentes) ventajas que ofrece. Los gestores ven en estos programas una ventaja pues el producto tarda menos en hacerse y el tiempo es dinero. Es un producto de menor calidad y la cualificación profesional necesaria es igualmente menor, pero hay ganancia, y eso es lo más relevante de la ecuación.

La conclusión es que la tarea de los programadores (y de otros gremios) es cada vez más tonta, entendiendo por tonta aquella que requiere menos procesos mentales para ejecutarse. No tendría por qué ser así, y de hecho es muy posible luchar contra esa tendencia, pero es necesario hacerlo activamente. El cerebro tiende a economizar y a hacerse perezoso, y las máquinas, poderosas ayudantes en multitud de campos, nos ayudan también a eso.

miércoles, febrero 11, 2015

A mí me viene la Vodafone una vez al mes

Esta mañana, inmerso en mi mundo de encefalograma plano habitual al coger el metro por la mañana para ir al trabajo, escuché la conversación de una chica y un chico que estaban justo detrás de mí. Dicha conversación fue motivada por la malhadada coletilla "Vodafone" que la chica de megafonía coloca delante de todo lo que tiene que ver con la vieja y querida línea 2 del Metro de Madrid, roja ella, a saber, "...correspondencia con línea 2 VODAFONE". Ahí, pegado con chicle. Yo a fuerza de escucharlo ya ni le hago caso pero se conoce que a éstos dos jóvenes que comentaba aún no debían estar vacunados, les entró la risa y comenzaron a bromear al respecto con frases bastante ingeniosas:

-"Claro, ahora todo lo rojo es Vodafone."
-"¿Sí? Pues yo tengo varios amigos que son Vodafone."
- "Anda, y el coche de mi padre también es Vodafone."
- "Mola. Y algunos de esos amigos incluso son Vodafone de verdad."
- "A mí me viene la Vodafone una vez al mes."

Aunque me hicieron gracia los chicos no pude evitar pensar que lo han conseguido: los hijos de mala madre de VF han conseguido que integremos como algo normal el horror que supone la superposición del nombre de su empresa a algo tan público y tan madrileño como la Puerta del Sol o la mencionada línea 2 de Metro. Qué lástima.

Aunque la pugna de lo Público vs. lo Privado no es nueva no puedo evitar ver que éste no deja de invadir parcelas de aquel. Lentamente, inexorablemente, como la marea va invadiendo la playa cuando sube. Y a nuestra espalda un acantilado impracticable ¡Ay de aquellos que no tengan escafandra!

Ahora que cada palo aguante su vela.

lunes, septiembre 30, 2013

Chantaje emocional

Hoy quiero hablar del chantaje emocional, y de esas veces donde lo usamos casi sin darnos cuenta.

Vaya por delante que hay pocas cosas que odie más que el chantaje emocional. Muy pocas. Lo políticos de este país por ejemplo, pero no muchas más. Esa clase de chantaje implica utilizar la culpabilidad en un tercero como medio para obtener un fin, implantando esa culpabilidad o potenciando la ya existente.

La culpa es una poderosa brújula para el comportamiento, una motivación de las más potentes que existen. Sólo el miedo compite con ella a la hora de empujar al ser humano a realizar una acción.

Pero hay dos grandes diferencias entre ambos sentimientos. El primero es que la culpa es algo propio de los humanos, capaces de analizar sus propias acciones y de juzgarlas, mientras que el miedo lo compartimos con el resto de mamíferos, y también con otras familias.
La otra gran diferencia entre ambos es su cualidad: el miedo es constructivo y la culpa destructiva. Voy a detenerme aquí para verlo más en detalle:

El miedo surje del instinto de supervivencia, lo cual le dota de un cierto aspecto constructivo, que no es otro que acometer las acciones necesarias para garantizar la seguridad de poder seguir respirando.

La culpa surje de un juicio y de la asunción de un error como propio unidos a cierta actitud mental vulnerable. Es con esta actitud cuando la suma entre la asunción del error, más la consciencia de que los actos pasados no se pueden cambiar, genera, por un lado tristeza por la visión del error cometido, y por el otro frustración porque ya no se puede hacer nada para enmendar dicho error: no hay solución, ni esperanza.
En la culpa se pueden ocultar también otras cosas tales como la necesidad de autoflagelarse o el autoengaño, pero en general todos sus componentes tiene en común una cosa: son autodestructivos. La culpa es autodestructiva, siempre.

Hago un inciso aquí para señalar que es perfectamente posible asumir un error sin dejar que la culpa se haga con el control. La asunción del error es algo positivo mientras que la culpa no es sino un constructo cuyos pilares son esos sentimientos negativos.

Bien. Llegados a este punto resulta sencillo de entender que no hay mejor manera de doblegar la voluntad de una persona que inundarla de sentimientos de culpabilidad. Alguien experto en manipular de esta manera puede reducir, con tiempo, a alguien a una mera sombra de sí mismo, a una cáscara vacía de todo salvo de tristeza. Con esa actitud no hace falta poner trabas a la persona pues es ella misma la que lo hace, y de una manera mucho más eficaz. La voluntad queda aplastada por el peso del recuerdo de los errores cometidos y ese mismo peso ahoga cualquier atisbo de posible recuperación y de mejora.

La culpa mata. Literalmente.
Hay que apartarla, desterrarla.

Insisto de nuevo, desterrar la culpa no implica desterrar la responsabilidad por los propios errores, sino colocar esa responsabilidad en el rol que le corresponde: el de lección para aprender de ella.
Hay pocas cosas más sanadoras que este ejercicio de replantearse los errores y de ponerlos en un lugar adecuado. Pero sigamos donde estaba.

Volviendo al chantaje emocional, éste forma parte de los numerosos mecanismos de defensa que tenemos en un entorno social. No quiero tanto defenderlo como señalar que hay situaciones, especialmente en discusiones de pareja, donde el chantaje emocional es una herramienta cotidiana a la hora ganar una posición dominante sobre el otro. Es algo lógico pues hay pocas situaciones donde las personas estemos más vulnerables que en una discusión con nuestr@ compañer@ de vida. A esto hay que añadir otro elemento distorsionador: uno puede despertar sentimientos de culpa en el otro sin que haya intención de hacerlo. Y, tanto si el otro se da cuenta (en cuyo caso se enfadará por el intento de manipulación), como si no (en cuyo caso se quedará con la culpa como un peso adicional) el daño estará hecho. En el primer caso la otra persona identificará un intento de chantaje emocional. En el segundo la otra persona se sentirá triste y frustrada.

¿Y qué situaciones pueden dar lugar a este malentendido tan peligroso? Habitualmente las discusiones o conversaciones donde los sentimientos se explican como motivadores de las acciones.

Veamos el siguiente ejemplo: "No lo hice para evitar una discusión contigo".
En esa sentencia se está poniendo al interlocutor como responsable de una acción ajena, de la cual posiblemente no tuviera siquiera conocimiento. Se cumple tanto la condición de mostrar el error ("mi pareja considera que discutimos inutilmente") como la de la incapacidad de solucionarlo.

Vamos con otro: "Como quieras. A partir de ahora me quedaré callad@"
En esta sentencia se violenta al interlocutor presentándole como motivo de una acción represiva contra uno mismo. Se cumple la condición de presentar esto como un error propio, unida al hecho de la impotencia ante un curso de acción ajeno.

Estos dos ejemplos anteriores son frases que, de seguro, todos hemos oído o dicho en algún momento. Y es que no es sencillo tener una conversación con sentimientos involucrados, tanto más cuando muchas veces no se tiene una idea clara de la naturaleza de los mismos. Pero es precisamente en este pantanoso terreno donde es más necesaria la prudencia y la atención al discurso, tanto a lo que se dice como al cómo se dice. De otra manera el peligro de caer en el chantaje emocional será máximo. Y de esa puerta nunca sale nada bueno.

Si el miedo es como un bisturí, el chantaje emocional es una muerte lenta por asfixia.
Ahora, que cada palo aguante su vela.

Un saludo.

miércoles, septiembre 25, 2013

Entrada cumpleañera

Revivo momentaneamente a este querido zombie. Por costumbre, imagino, más que por necesidad o ganas.

Estas dos noches pasadas he estado revisando algunas entradas de este blog, el cual tiene ya más de una década de existencia. Hay de todo, pero en general las entradas casi siempre buscan, o buscaban, dar salida de una manera u otra al malestar, dolor o inquietud que tuviera en ese momento.

El tiempo ha pasado y he cambiado mis dolores e inquietudes por otros distintos. Ahora este espacio está desierto. Ya no es un reflejo de ellos, ni una puerta abierta para mis conocidos y amigos.

Tal vez eso sea la muerte, el reconocimiento de cuándo algo ha dejado de servir a su propósito, y entonces se deja llevar, desaparece, se olvida. Siguiendo esta idea, dejando a un lado cuestiones biológicas evidentes, hay personas muertas hace siglos que están más vivas que nunca, y hay personas vivientes que hace años que murieron. Igual pasa con las relaciones, las obras de arte, las palabras, en general a todas las obras humanas. La muerte sólo llega cuando llega el olvido.

"Cuando yo no exita, tú jamás habrás existido".
Conan el Bárbaro es una película con una música impresionante y los diálogos justos y necesarios.

Yo me resisto a olvidar este blog, a dejarlo morirse en paz, a que lo que contiene se disuelva en ese océano de información donde moramos en la actualidad. Lo mantengo en coma, por si alguna vez necesito volver a él.

Ayer cumplí 34 años y hoy tengo el siguiente pensamiento: mirar más lejos sólo me sirve para ver más niebla.

Hasta luego.

lunes, octubre 01, 2012

Una poderosa razón

¿Por qué es bueno que Intereconomía exista?

Le hicieron una entrevista a Javier Sardá en el Intermedio hace unos días. Cuando la entrevistadora le preguntó que qué cadenas veía él respondió que La Sexta e Intereconomía. Ante la extrañeza de la chica, Sardá explicó las razones, las cuales venían a ser las siguientes:

Veía La Sexta porque se reía y por simpatizar hasta cierto punto con el ideario de la misma.
Veía Intereconomía porque, decía, cuando uno se imagina a un facha... no a un señor de derechas, a un facha, realmente se lo representa mucho menos facha de lo que en realidad es. En Intereconomía se presentan tal y como son, sin máscaras, sin maquillaje. Y hacen falta dos huevos para ser un facha de los de verdad.

Me encantó. En esta época de cortinas de humo, de enemigos intangibles, de fantasmas y dobles morales, es bueno y hasta cierto punto reconfortante saber que hay un sitio donde el opuesto ideológico se presenta tal cual, orgulloso de ser como es y encantado de haberse conocido.

Es bueno recordar que no se han ido.

jueves, septiembre 27, 2012

Un motor viejo

Me gustaría hablar bien. No, en serio, bien de verdad. Ser un comunicador, un buen orador, alguien que realmente tuviese la facultad de emitir mensajes complejos y sin embargo asequibles.

Pero claro, para eso son necesarias varias cosas. La primera, vital, es tener perfectamente claro lo que se quiere decir. Primer fail en mi caso, me temo. Solamente veo con claridad lo que quiero decir cuando se da la circunstancia de que estoy enfadado. Entonces todo va como la seda oye, como un mecanismo bien engrasado. Pero si no, como un motor viejo, que se cala, arranca y se cala. Y va renqueando.

Por ejemplo, ahora mismo me está pasando mientras escribo esta entrada. Lo del motor viejo. Escribo, vuelvo atrás, corrijo, divago... y es porque tampoco sé exactamente a lo que aspiro escribiéndola. ¿Dar algo de vida a un blog que lleva años en muerte cerebral? Pues voy apañado. ¿Tal vez recordar lo que sentía al escribir cuando este espacio me servía para ordenar pensamiento? No, si recordarlo lo recuerdo, pero ni yo soy el mismo, ni este blog tampoco; ni siquiera el ciberespacio es lo mismo. La era de los blogs personales pasó y blablabla. ¿O tal vez hacer una especie de inventario cerebral, algo así como una limpieza de polvo o una batida por casa para desalojar trastos viejos? Si es así voy mal porque no tendría tiempo de escribirlo todo. Me tendría que dedicar solamente a ello y no es plan.

Me estoy leyendo un libro muy interesante. En él hay algunas frases que se están quedando en mi corteza cerebral. Iba a poner una, pero se me ha ido. Hilo perdido. Una alfombra de aquí a Calcuta se podría hacer tejiendo todos esos hilos que voy perdiendo. Es una pena. Recuerdo que era una buena frase... lapidaria, creo. Algo así como "lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad", que decía Máximo Décimo Meridio (la razón por la que recuerdo el nombre del personaje protagonista de Gladiator pero soy incapaz de recordar la frase de marras que articulaba esto, al menos un poco, me vuelve loco).

Me he calado otra vez. A ver si consigo ponerme en marcha.

Veamos, el libro se llama La vida secreta de los edificios. Me lo regaló mi padre para mi cumpleaños. En él el autor desgrana la historia de ciertos edificios de una manera muy amena y apasionada. Empieza con El Partenón de Atenas, sigue con San Marcos de Venecia, salta a Santa Sofía de Estambul y de ahí se traslada a la Casa de Loreto. He llegado hasta ese punto. El capítulo del Partenón me impresionó profundamente. En algunos momentos estuve a un tris de soltar una lágrima al pensar en la vida de ese notable edificio, en su historia, en su evolución y en las fuerzas que lo hicieron cambiar a lo largo de los siglos. Y en Palas Athenea, la diosa que lo inspiró, aquella que encarnaba la sabiduría en el panteón griego de la Atenas de Pericles. Sí, el autor arranca fuerte, con un órdago. Me está encantando. El Partenón ha sido templo, iglesia, mezquita, museo, inspiración y símbolo de lo que es y debe ser la arquitectura... es el Leonardo da Vinci de los edificios. Al menos según la teoría. La realidad es esta:


Bueno, lo mejor será dejarlo, que no parece que la frase quiera emerger por ahora. Sigo calado en mitad de la carretera. A ver dónde tengo el teléfono de la grua...

martes, septiembre 27, 2011

Cuestión de gustos

Una amiga me dijo hace bastante tiempo acerca de este blog: "Me gustaba más cuando hablabas de lo que sentías en vez de tratar otros temas". Nunca supe qué pensar de ello.

Haciendo una analogía, sería como si solamente me gustase estar con una persona cuando ésta solamente habla de determinados cosas. Cierto es que hay gente por ahí con las que es arriesgado sacar según qué temas a la palestra, pero esto es un caso distinto: alguien se queda con una parte específica de un todo. No es que tenga importancia alguna (ni siquiera sé por qué estoy escribiendo sobre ello), pero me apetecía hugar un poco a ver si saco algo nuevo.

Somos polifacéticos como personas. Este notable y obvio hecho facilita que algunos objetos creados por nosotros hereden esa particularidad. Los blogs, los personales en concreto, son especialmente susceptibles de ello, dado que dan salida a una necesidad del autor de escribir o contar algo. Fruto de esto encontramos un común denominador a las entradas de ese blog, algo a lo que llamo la "importancia subjetiva relativa".
1. Todas las entradas de un blog tienen una importancia base que motivó su creación.
2. Esa importancia, sin entrar a valorar el contenido de las entradas, es subjetiva puesto que derivan de la propia percepción del autor.
3. Dentro de un blog, y de nuevo desde la propia percepción del autor, hay entradas relativamente más importantes que otras.

Quien me conozca un poco puede empezar a intuir el malestar (relativo) que me produjo la frase, (bienintencionada, no lo dudo) de esta persona. A mí no me cuesta hablar de mis sentimientos. Podría pasarme el día hablando sobre ellos. Y la noche. Los tengo a flor de piel, no tienen nada especial. De hecho esta entrada se está escribiendo casi sola. Tiene poca importancia relativa para mí.

En cambio, cuando escribo una entrada sobre un tema específico, habitualmente le doto de una mayor importancia relativa. Me lo curro mucho más. Considero que son mejores entradas. Por eso me provoca cierto malestar esta discordancia entre mi percepción y la importancia relativa que le dan otros lectores a lo que escribo. Supongo que esto le pasa a todo el mundo.

Aunque de vez en cuando alumbro alguna entrada como la del San Juan Nepomuceno que aúna lo mejor de ambas tendencias, y eso está bien, aunque para ello tengan que pasar otras tantas sin pena ni gloria como esta, esta, o esta otra.

Supongo que es cuestión de gustos.

lunes, septiembre 19, 2011

Manifiesto de Renuncia

Habiendo andado ya casi 32 años por esta vida, uno se pregunta varias cosas: qué le espera, qué aprendizaje de las vivencias pasadas ha perdido por falta de visión y/o oportunidad, qué mecanismos podría poner en marcha para mejorar en el futuro... en fin, cosas comunes y corriente, humanas.

Ocurre entonces que, de vez en cuando, uno es capaz de ver una circunstancia que le ha acompañado toda la vida, un patrón. Es precisamente esto lo que me lleva a redactar, como ejercicio, este pequeño manifiesto de renuncia:

Yo, en pleno uso de mis facultades físicas y mentales, habiendo percibido someramente ritmo y planes vitales, propios y ajenos, y viendo que todo esfuerzo que he estado invirtiendo en la tarea de conseguir una cierta cantidad de paz duradera ha terminado fracasando, manifiesto lo siguiente:

1. Desde ahora mismo renuncio a obtener una paz eterna o duradera, puesto que asumo que dicho esfuerzo es vano.

2. Todas las tareas por mí emprendidas a partir de ahora las acometeré con esfuerzo y con la consciencia de que en cualquier momento, venga o no el caso o con o sin razón aparente, podrá suceder (y de hecho sucederá) algo que hará tambalearse o directamente destruirá los frutos de mi esfuerzo.

3. No niego los pensamientos irracionalmente optimistas naturales en mi persona, pero dichos pensamientos no me cegarán de ahora en adelante hasta el punto de negar la evidencia presente ante mis ojos de que si los seres humanos estuviésemos destinados a tener paz, no seríamos seres humanos sino helechos.

4. Sin caer en el pesimismo, sí que optaré a partir de ahora por un enfoque sosegado y prudente de las situaciones que se me presenten con el objeto de intentar percibir mejor dichas situaciones.

5. Mi sentido de la justicia, como valor íntimo y propio, en lo sucesivo se adecuará únicamente a mi conducta y a mi pensamiento. Nunca más intentaré ver paralelismo alguno entre dicho sentido y los constructos sociales de mi entorno, así como tampoco con esa "suma de todo" a la cual tengo el honor de llamar "Vida".

6. Finalmente, asumo que mi asunción acerca de que esa "Vida" incentiva la justicia es falsa y carente de sentido.

A ver qué tal. Es corto, debería ser sencillo...

lunes, junio 20, 2011

Desayunos y actos de fe

Los desayunos que hacemos los compañeros y yo en la Facultad de Matemáticas son mi momento favoríto de la jornada laboral. Nunca son aburridos, todo lo contrario. Tratamos temas interesantes, actuales o no, y en general el ambiente es bueno. Y es que el nuestro es un grupo que tiene todo lo necesario para ser un buen foro de debate: disposición a conversar, interés por los temas actuales, cultura general, curiosidad, y, muy importante, personas de distinto sesgo político y distinto talante.

Una de esas personas es un compañero de trabajo. Su caracter es marcadamente conservador por lo que en ciertos temas suele posicionarse en el otro lado de nuestra hipotética bancada, enfrentado a la mayoría de nosotros, que tendemos a ser progresistas. Esto es algo estupendo, una oportunidad maravillosa de escuchar otras opiniones, otras razones distintas de las que suelo escuchar en mis círculos.

Por desgracia hay un problema, una traba que, dicho sea de paso, no sólo afecta a este compañero, pero que en su caso salta más veces a la palestra: con ciertos temas suele basar su discurso en postulados que son sencillamente actos de fe. Y los actos de fe no sirven para debatir. Son creencias, no razones.

Hablando de este compañero, me encantaría que articulase una defensa de sus postulados sólo con las herramientas de la lógica y la razón. Querría que defendiese su opinión acerca de la gestión de Esperanza Aguirre con algo más que un simple "me gusta", que hiciese valer las tesis neoliberales que admira. Yo y los compañeros aprenderíamos mucho. También es verdad que los compañeros suelen darle mucha cera y que él entonces se cierra en banda y pasa del tema. Pero no deja de ser una buena oportunidad perdida. Es una auténtica lástima.

Esto de postular sobre actos de fe es algo que hacemos todos en algún momento. Todos en algún momento hablamos con el corazón o con las vísceras en lugar de con la cabeza. Simplemente sucede de vez en cuando, pero en ese momento el debate llega a un puerto muerto y es muy complicado salir de él una vez dentro. En esos casos solemos dejarlo estar.

Insisto, una pena. Pero no me quejo. De hecho estoy encantado. Aunque a veces no nos entendamos al menos hablamos, y esa es la base de la que partir para llegar a cualquier lado.

viernes, junio 03, 2011

De las instituciones privadas y de la dificultad para ver a la Iglesia Católica como una de ellas

Vamos a empezar con una evidencia: La Iglesia Católica es importante, pues de lo contrario no estaría en las conversaciones tan a menudo como lo está.

Es fruto de esa importancia como surge la necesidad de hablar de ella con un poco de desapego y distancia para tratar de enjuiciarla con acierto. También se trata de la institución más antigua conocida, lo que debería prevenirnos de emitir ese juicio con simpleza o dejadez. Dicho esto, vamos al lío.

La Iglesia es una institución, y como tal es un ente humano y sujeto a cambios. Es también un ente plural. Pero, y ante todo, es una entidad privada. Uso este término por omisión para referirme a ella porque no puedo calificarla de pública. Dice la RAE:

público, ca.
(Del lat. publĭcus).
1. adj. Notorio, patente, manifiesto, visto o sabido por todos.
2. adj. Vulgar, común y notado de todos. Ladrón público
3. adj. Se dice de la potestad, jurisdicción y autoridad para hacer algo, como contrapuesto a privado.
4. adj. Perteneciente o relativo a todo el pueblo.
[...]

La cuarta acepción del término público invalida la inclusión de la Iglesia Católica en él, dado que ella no pertenece a nadie salvo a sí misma. Tal vez el propio discurso de ciertos integrantes de la Iglesia ha podido dar lugar a confusión dado que propugnan que es una entidad universal, donde todos tienen cabida, pero ello no debe llevarnos a engaño: no estamos hablando de un ente público, sino de un ente privado al cual puede acceder (a priori) cualquiera, siempre que se cumplan una serie de condiciones. Un club. Nada nuevo en definitiva.

Voy a detenerme sobre esto para que quede lo más claro posible: la entidad de la Iglesia Católica no es pública porque sus poderes no emanan ni pertenecen al conjunto de ningún pueblo, entendiendo pueblo como conjunto humano reunido libremente y que dicta sus leyes y comportamiento en base a procedimientos igualmente decididos por él mismo. Las leyes y comportamiento de la Iglesia Católica, como institución, siguen cauces distintos, por lo que dichas leyes y comportamiento entran en el ámbito de lo privado. La realidad actual es esa, por más que tendamos a echar la vista atrás y echar mano de acontecimientos pasados para enjuiciar realidades presentes.

Esto, que es (o debería ser) algo evidente, es algo que no suele tenerse en consideración en las conversaciones en las que el que suscribe ha estado presente. En dichas conversaciones se suele criticar a la Iglesia (lo que me parece bien puesto que tiene aspectos muy criticables) y a sus integrantes (lo no me parece bien puesto que soy defensor de la liberta religiosa). Esto último es especialmente preocupante porque se tiende a responsabilizar a los creyentes católicos de las acciones de otros católicos. El ejemplo de la pederastia es actual e ilustrativo. Un silogismo: "tú, creyente. respetas las acciones de la Iglesia Católica; la Iglesia Católica la forman los curas; algunos curas son pederastas; la Iglesia Católica protege a los curas, pederastas incluidos; ergo tú, creyente, respetas que se proteja a los curas pederastas". Esto tiene un nombre, y es falacia. La falacia viene, en este caso, de identificar las acciones de un miembro con las del colectivo al que pertenece, y justamente por esto, asumir que todos los miembros de dicho colectivo piensan lo mismo y/o aprueban el comportamiento de ese miembro particular. No ha lugar.

Para ilustrar esta historia pongo un enlace que, en un mundo ideal, daría lugar a un debate constructivo; sin embargo estamos en este mundo y probablemente generará, de nuevo, una discusión absurda: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=14639

Es como si enjuiciásemos a un supermercado por la actitud borde de un reponedor, o como si enjuiciásemos a todos los médicos del sistema de salud público porque hayamos dado con uno que es un inútil. Es un juicio sesgado en la base.

Dejemos esto por el momento para centrarnos en la figura privada que representa la Iglesia Católica, figura única donde las haya. Me surge la siguiente pregunta: ¿por qué esta dificultad universal para asumir que la Iglesia es un ente privado? Porque todo el mundo sabemos que lo es, pero de alguna manera lo olvidamos. Veamos las razones:

1. La iglesia católica es un ente privado previo a la aparición de los modelos actuales de entorno "privado" y entorno "público". La Iglesia es antigua. Tiene casi dos mil años de antigüedad, y eso es mucho tiempo. Nace en el siglo I de nuestra era en el seno del Imperio Romano, y tres siglos más tarde, gracias al Primer Concilio de Nicea y al emperador Constantino I, se convierte en la religión oficial de dicho imperio. Desde ese momento hasta el presente, la alta jerarquía de la Iglesia ha estado asociada, en menor o mayor grado, a los distintos poderes legislativos y ejecutivos en Europa. Dichos poderes, en tanto reguladores de los dos ámbitos público y privado, han tenido que enfrentarse al hecho de que las personas y los bienes (materiales e inmateriales) de la Iglesia, por ser ésta un asociado al gobierno de turno, debían disfrutar de prebendas especiales. Esto es, la Iglesia no pertenecía ni al ámbito privado y al ámbito público, sino que tenía un ámbito propio. Esto es especialmente visible en la Europa medieval, donde la figura de la catedral se erige como una suerte de ágora (si bien con distintas funciones al ágora o foro clásicos) en las poblaciones importantes (cités y burgos, gérmenes de la ciudad medieval según Henri Pirenne). La catedral, como sede de una diócesis encabezada por un obispo, pertenecía  y pertenece a la Iglesia; en cuanto a edificio o espacio, era levantada por maestros arquitectos y trabajadores, y una vez acabada, estaba abierta a todo el mundo. Ambas cosas acentuaban el carácter público de la catedral, por lo que se daba el curioso caso de que la vida pública (rezos, festividades, asambleas, etc.) de la ciudad medieval transcurría en este peculiar espacio, semipúblico y semiprivado. El ejemplo que nos brindan las catedrales podemos exportarlo y tomarlo como base para mirar el lugar que ha ocupado la Iglesia en la historia de occidente, un lugar único, a caballo entre los espacios públicos y privados de las distintas sociedades. Es ahora, en la sociedad española contemporánea, donde el espacio público es regulado estrictamente por los poderes democráticamente elegidos, cuando es más sencillo percibir esta peculiaridad; pero esta peculiaridad, por ser previa a la sociedad democrática y a sus poderes, es también un velo que sigue dificultando la percepción de la Iglesia como el ente privado que es.

2. La Iglesia, como cualquier religión, se presenta como modeladora y garante de la moral de la sociedad. No digo nada nuevo con esto, pero merece la pena detenerse en ello: toda sociedad que se precie de serlo tiene leyes, sea la civilización más avanzada o una tribu del amazonas; y las leyes, sea por definición u omisión, dictan un modelo de comportamiento. Pero detrás de toda ley hay una idea madre: la percepción de los que es correcto y lo que es incorrecto. Esto no es otra cosa que un principio moral. Es esta asociación entre moralidad y ley la que ha hecho, desde tiempo inmemorial, que el misticismo haya ido de la mano del poder: desde el brujo de la tribu hasta la compleja estructura de la Iglesia Católica ha habido evolución, pero el principio es el mismo, y no es otra cosa que la afirmación "el gobierno hace las leyes y asegura su cumplimiento, pero esas leyes tienen que estar de acuerdo con la moral que viene dictada por el poder divino". Esto está firmemente anclado en la psique colectiva y, aquí viene el meollo del asunto, asumir que los intérpretes de esa moral divina pertenecen a un ente privado es una tesis complicada de aceptar.

3. La asociación entre Iglesia y Estado es históricamente fuerte en la sociedad española. Como complemento del punto anterior está el hecho de que todo lo que en él se expone se pone especialmente de manifiesto en nuestra sociedad. Desde el alto medievo hasta la actualidad, con pequeños períodos como el trienio liberal o las dos repúblicas, la Iglesia Católica ha estado en relación estrecha con las sucesivas monarquías y con la dictadura de Franco. Aún ahora ocupa un lugar cercano a los poderes ejecutivo y legislativo. Esto se resume en una frase: "la Iglesia siempre ha estado ahí".

4. El esfuerzo activo por parte de la propia Iglesia Católica por presentarse como algo universal y atemporal. Ya lo he dicho más arriba pero lo repito aquí. Mientras que hay otras doctrinas que se adscriben a determinado círculo o sociedad, la Iglesia se presenta como el cuerpo moral que alberga potencialmente a toda la gente del globo. Se presenta como algo que trasciende gobiernos y fronteras, que sobrevivirá a los países y a las sociedades actuales. Hay que decir, en honor a la verdad, que la historia está de su parte en esta pretensión, dado que ha sobrevivido a cuantos avatares se le han presentado, cambiando y evolucionando conforme las sociedades cambiaban y evolucionaban. Ha visto nacer y caer imperios y monarquías; ha sido testigo de la evolución tecnológica y científica del ser humano y ha actuado como guardián de conocimientos, incluso de aquellos que no aprobaban sus doctrinas oficiales. Es más vieja que cualquier gobierno, país o frontera actual. ¿Cómo va a ser privado un organismo así? Tiene que ser imposible. Pero en este caso, y por complicado de aceptar que sea, no sólo no es imposible sino que es verdad.

De todas formas, y a pesar de tales razones (o tal vez precisamente por ellas), es necesario dar un paso atrás para intentar ver a la Iglesia Católica en toda su complejidad y contexto. Pero esto sólo es posible si primero se hace el ejercicio de verla como lo que es, una institución humana y privada. Una institución humana y privada cuya doctrina es seguida y respetada por muchos millones de personas a lo largo y ancho del mundo, pero humana a fin de cuentas (puesto que son seres humanos las que la conforman, el papa incluido), y privada por todo lo anteriormente expuesto.

miércoles, junio 01, 2011

Ansia de poder (I)

Hoy me apetece reflexionar sobre una rasgo humano que suele tomarse siempre como algo negativo y dañino; algo que rompe grupos y destruye relaciones, pero que también impulsa carreras y alumbra proyectos.

El ansia de poder es algo congénito al ser humano. Siempre aparece profundamente imbricada en los elementos de un grupo social, cualquiera que sea su naturaleza o fin. La clave consiste en contar con ella, saber que existe, aceptar que existe como parte de nosotros y de nuestros constructos.

El ansia de poder se puede presentar de la manera más amable, de la forma más agradable a la vista, en la más sutil de las formas. Es la razón de esta sutileza la que considero vital ver y aceptar: que el ansia de poder en el medio social nace de una voluntad activa, y que es en los caminos por los que esa voluntad se desarrolla y toma cuerpo donde esa ansia de poder anida como parte orgánica de lo construido.

En un medio social ideal el ansia de poder está presente en la cantidad justa para crear una motivación creativa en los individuos que forman ese medio. Es, por tanto, deber de una sociedad que aspire a mejorarse a sí misma el garantizar tanto las libertades necesarias para no ahogar el impulso creativo y reformista, como tutelar los caminos por donde se canalizan esas libertades a fin de que no se conviertan en una suerte de libertinaje. Esto, y no otra cosa, es lo que define lo que considero una sociedad madura.

Dicho de otra manera, es madura aquella sociedad que ha aceptado tanto su naturaleza como la de los individuos que la forman, y que, partiendo de esa consciencia, es capaz de evolucionar hacia los fines que se ha marcado como objetivo.

Todo esto, aplicado a cualquier grupo, definirá cuán capaz es ese grupo de afrontar los cambios al mismo tiempo que consigue sacar adelante sus objetivos.

Así pues comencemos: el ser humano, en su condición actual, utiliza el ansia de poder como motor creativo. Alguien desea hacer algo y empieza a trabajar para conseguirlo. En caso de tener éxito, se aspira a metas más altas y lo conseguido pasa a ser algo susceptible de ser repetido las veces que sea necesario. Detengámonos aquí un momento para ejemplificar esto. El ejemplo sería un moderador que ha tenido éxito en su labor asamblearia y siente el impulso de repetir cargo porque se siente útil a él mismo y al grupo al que pertenece. Ese deseo es completamente lícito y entendible pero conviene ser prudente. Ser bueno en algo no implica ni ser el mejor ni debería convertirse en obstáculo para el crecimiento de otras personas. Sin embargo esta dinámica aplicada a un grupo social da como resultado algo evidente: pasado cierto tiempo los individuos de ese grupo terminan acometiendo aquello que se les da mejor. Ha surgido la especialización.

La especialización, de gran valor y pieza principal de progreso, esconde sin embargo un peligro igualmente evidente cuando el grupo alcanza cierto tamaño: como los individuos acometen siempre unas labores determinadas, hay otros trabajos u otros roles que nunca prueban, y paulatinamente se pierde el contacto con la realidad de esos otros trabajos. Esto crea una peligrosa tendencia: identificar la labor propia como de vital importancia para la marcha del grupo y olvidar al resto de compañeros de viaje. Esta es la primera cristalización negativa del ansia de poder: el pensamiento "mi labor es más importante que otras".

Las disensiones creadas por este primer vicio son complicadas de resolver porque implican una crisis de identidad grupal. Las soluciones a posteriori suelen devenir en forma de fracturas y creación de grupos nuevo. La manera más efectiva de luchar contra esta tendencia pasa por prevenirla antes de que aparezca. Fijar leyes para la rotación de cargos, concienciación y potenciación de la identidad de grupo, o el simple y llano sentido común. Todo ello constituye una vacuna efectiva para evitar que esta manifestación negativa del ansia de poder afecte destructivamente al grupo.